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Forma parte de los llamados tumbos, becerros, cartularios o códices diplomáticos que surgieron en la Hispania cristiana de finales del siglo XI y el primer tercio del siglo XII y, como en el caso del Tumbo A, fueron completándose con nueva documentación nacida a lo largo de los siglos XII y XIII.
En ellos se transcribieron los documentos que se hallaban sueltos en los archivos catedralicios y monásticos y que constituían el patrimonio documental de estas instituciones, formados por los privilegios, donaciones, compraventas, testamentos, actos jurídicos y administrativos que habían sido otorgados a su favor por reyes, obispos, magnates y particulares o que había nacido en la misma institución en su ejercicio administrativo.
Se constituye así con este rico patrimonio, el fundamento jurídico de sus propios derechos y propiedades.
Los tumbos, en los que se habían transcrito los documentos originales, sustituirán a estos, ante posibles pérdidas de los mismos; realidad que se observa en el caso del Tumbo A, y de cuyos 165 documentos originales en él transcritos, únicamente se conservan algunos de finales del siglo XII y primera mitad del siglo XIII.
Gracias, pues, a este códice se conocen los documentos otorgados por los reyes asturleoneses y por la familia real a favor de la iglesia compostelana.
La finalidad de estos códices, el valor jurídico que representaba esta forma de tradición manuscrita y, la importancia y valoración de su contenido, constituyen una de las fuentes más importantes para el estudio de la alta Edad Media española.